Dormida

Guido tira de su hilo, Tomasso habla con su sirena y yo… Yo duermo mientras miro el agua transparente, casi invisible, de mi mar. Duermo en una cama que quiero que huela a él. Duermo muda y no despierto ni aunque me estrangulen los hilos de acero en los que se pierde Guido. Se que sigue una madeja hacia el vacío, pero callo y sueño en mi mar, ese mar que pierde relojes pero no los encuentra, aguas de tiempo detenido.


– María, has visto a Ariadna? Solo oírle pronunciar su nombre abre un agujero dentro de mi.

– No, no la he visto.- Sonrisa triste en los labios.

– De acuerdo, nos vemos a la tarde en lo de Peppo.


Encuentros rápidos, frases fugaces, miradas olvidadas… eso somos ahora. No siempre fue así, pero eramos jóvenes, niños salvajes corriendo risas por calles de piedra. Él era mi única realidad y nunca me importó que fuera así. Solo quería correr, correr lejos con él, reír y mirarlo; pero él despertó, y yo seguí dormida.

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