Sexo y química

Mi relación con Mónica estaba muerta. Solo nos mantenía unidos el jodido sexo. No se sus motivaciones para seguir torturándonos, pero a mi, el olor que destilaba su piel me excitaba de una manera que no llegaba a comprender. Mi voluntad quebrada por su bello cuerpo. No podía huir a ninguna parte.

Un día cualquiera perdido en mis desvaríos, en una farmacia oí que la paroxetina podía disminuir la libido. La solución? Al principio no note efecto alguno, pero insistí y sobre las dos semanas de consumirla mi deseo cayó derrotado.

Después vino el esperado naufragio. Mónica nunca supo que me castré intencionadamente, pero fue la mejor solución. Ahora, olvidada la droga, prácticamente no nos vemos… quizá no pueda ser de otra manera.

Experiencias

Ha pasado el tiempo del excesivo consumo material, empieza a estar mal visto y me alegro de ello, no obstante seguimos sin poder parar de consumir y la nueva deidad pagana que perseguimos son las “experiencias”. Un ejemplo sencillo, si no viajas no estás en la onda; y por supuesto si no practicas un deporte extremo te pierdes la emoción de la vida. En definitiva no sabemos estar en paz sin la necesidad de no hacer nada.

Emily Dickinson escribió sus maravillosos poemas sin salir prácticamente de su habitación, su imaginación era su ventana al mundo. Puede ser un ejemplo excesivo, lo se, pero por eso es significativo; hay otras formas de entender la realidad.

El tan ansiado tiempo solo cobra sentido si lo aprecias sin urgencias, disfrutando dulcemente sin tener que llenar el zurrón de nuevas y genuinas “experiencias vitales”. Lo esencial es invisible a los ojos. Cuanta razón tenía el querido zorro del principito.

Dormida

Guido tira de su hilo, Tomasso habla con su sirena y yo… Yo duermo mientras miro el agua transparente, casi invisible, de mi mar. Duermo en una cama que quiero que huela a él. Duermo muda y no despierto ni aunque me estrangulen los hilos de acero en los que se pierde Guido. Se que sigue una madeja hacia el vacío, pero callo y sueño en mi mar, ese mar que pierde relojes pero no los encuentra, aguas de tiempo detenido.


– María, has visto a Ariadna? Solo oírle pronunciar su nombre abre un agujero dentro de mi.

– No, no la he visto.- Sonrisa triste en los labios.

– De acuerdo, nos vemos a la tarde en lo de Peppo.


Encuentros rápidos, frases fugaces, miradas olvidadas… eso somos ahora. No siempre fue así, pero eramos jóvenes, niños salvajes corriendo risas por calles de piedra. Él era mi única realidad y nunca me importó que fuera así. Solo quería correr, correr lejos con él, reír y mirarlo; pero él despertó, y yo seguí dormida.

Elena

Elena era preciosa. No creo que su belleza fuera puramente espiritual, como ciertas personas decían, si te fijabas tenía algunos defectos; ojos un poco pequeños, labios demasiados gruesos, mejillas pálidas, cabellera enteramente lacia; sin embargo, el conjunto de su rostro poseía armonía. La belleza es un misterio. Elena era preciosa.

Aquel día, en el que fui a su casa por primera vez, tropezé torpemente y el jarrón de porcelana voló por los aires para hacerse añicos. Elena me sonrío amablemente y recogió los pedazos del jarrón escrupulosamente mientras comentaba que era muy supersticiosa y que aquello tenía que arreglarlo de inmediato. Supe en ese instante que a más de bonita era buena. Me ruboricé un poco, me miró dulcemente con los ojos bajos y me dijo que no me preocupase, que son cosas que pasan. Yo había ido a su casa porque tenía que tratar un asunto con su padre, después intentaría volver mil veces por ella.

La vida no fue fácil para nadie en aquella época y al cabo de dos años la familia de Elena tuvo que emigrar a Francia. Nos prometimos cartas y besos, pero el tiempo es inflexible y el olvido se fue adueñando tristemente de nosotros. Ahora, cuarenta años después, recuerdo su primer beso, aquel en el que sus labios parecieron de papel y en la soledad de mi cuarto sonrío quedamente.

El viaje de Blanca I

A cada metro que me alejo mi estado de ánimo respira. El sol asoma tímidamente dejándome contemplar el paisaje, aún brumoso, a través de la ventanilla. Todo queda atrás a la velocidad que comparten el tren y mi espíritu. Algunos lo llaman huida, no me importa, solo el dolor me retenía, es muy probable que haya esperado más de la cuenta.

Cero, es de donde voy a empezar. Un país distinto para una persona que intenta reconstruirse. Solo me llevo mi bagaje de recuerdos fragmentados. Con algunos sonreiré, los más me servirán de aprendizaje. Tampoco me lanzo al vacío, viajo con un contrato de dos años en la biblioteca “Rafael Alberti” de Nápoles. Es una coincidencia pero el poema “Galope” siempre me fascinó, así que ahora siento que vuelo en un caballo de espuma. Luego ya se verá. Nápoles es caótica, yo también. La ciudad no dejará de serlo, es probable que yo tampoco. Pero no moriré como Parténope, la joven sirena que murió ahogada de amor por Odiseo y su cuerpo apareció en la costa de la ciudad vieja. Son capítulos de un libro cerrado. Hace algunos años, años que todavía no eran en blanco y negro, visité la costa amalfitana. Steinbeck dijo de ella que es un lugar de ensueño que no parece real cuando estás allí pero que se hace real en la nostalgia cuando te has ido. Lo comparto a medias, ya no son los 50′ ni yo soy una romántica. En aquellos días me acerqué a Nápoles y me pareció que estaba hecha para ella; su olor, sus gentes, el desenfado que transpira… se que no soy la misma, pero estoy segura que es un buen lugar para empezar de nuevo.

Pensamientos en el tren mientras me acerco al aeropuerto. Quizá hasta ahora nunca pensé con claridad y es fácil dejarse arrastrar. Lo difícil es romper… aunque algunos lo llamen huir.

Tres segundos

Cuanto quiere un pez? Yo me enamoro de ti cada tres segundos. Tengo la sensación de que cada vez que te veo es la primera, que todo comienza de nuevo. A veces pienso que lo que ocurre es que descubro cosas nuevas en ti, pero no, son las mismas que las redescubro. Debo ser idiota o algo parecido… quizá tenga algo de déficit de atención.

Llevo ya tiempo despertándome el mismo día; días distintos de iguales percepciones. Por lo menos hoy no trabajo, una leve variación sobre mi programa diario. Después de un buen rato de atonía desperezándome bajo a desayunar en una cafetería bulliciosa cerca de casa. Un bocadillo con coca-cola y después me perderé en el tiempo y apareceré a las once de la noche, ese es el plan. Igual me acerco al acuario a observar a los peces. Cuanto se aprende observando a los peces? Supongo que los biólogos marinos lo harán, yo me conformo con descubrirlos.

Marta me encuentra mirando detenidamente un pez globo.

– Lucas!- me llama con un deje de asombro.

– Hola Marta! Aquí estoy, con los peces…

– Creía que no te gustaban.

– Ya! Pero es que creo que ahora soy uno de ellos… por lo menos en parte.

– Distintas historias mismo desatino… Has pensado en normalizarte?

– En tres segundos tengo poco tiempo para nada.

– Y pensar que algún día me gustaste. No te lo tomes a mal. Eh?

– No… pocas cosas me tomo a mal. Deberías saberlo.

– Si, en fin… me voy, tengo algo de prisa. Me alegra haberte visto.

– También tienes prisa en un acuario?

– No me seas borde… ciao.

La gente siempre tiene prisa y el pez globo desaparece entre unas rocas.

Ya es noche cerrada y esta reiterada quietud me acerca, inevitablemente, otra vez a ti.

El cuerpo de Naoko

Senos pequeños y firmes, de piel tersa. Cabello sedoso y de un negro profundo negro hasta la altura de mis hombros desnudos. Cintura estrecha, como de avispa, que se abre en unas caderas no demasiado anchas pero si lo suficiente para formar la curva de tu deseo… Me formo en ti. Mi vientre plano suspira las dulces caricias de tus dedos. Mis ojos rasgados anhelan cruzarse con los tuyos noche tras noche, buscándote entre resquicios atrapados en la oscuridad que vivo sin ti.

Oigo tu sueño recurrente y no busco otra cosa que a ti, me trazo en líneas cálidas para ti. Soy Naoko, soy tu sueño.

Congreso poco filosófico

Me considero un elegante asesino de mujeres delgadas. Posiblemente se deba al narcisismo del que hacemos gala todos los psicópatas. En mi caso me enorgullezco de mantener su belleza intacta… gélida tal vez, claro que guardarlas en una cámara frigorífica ayuda.

Hoy se celebra en Sin City, no podían haber elegido mejor escenario, el 4º congreso de psicópatas asesinos. Me he puesto guapo. Es mi primera asistencia a un evento de este tipo, así que estoy un poco nervioso. Observo a mi alrededor y distingo rostros fríos y duros de miradas afiladas entre otros que pasarían por el del vecino del quinto. La mayoría somos hombres, no se muy bien por qué, supongo que en algún tratado lo explicarán… se preocupan mucho de nosotros. Después de deambular un poco y empezar con los martinis busco acomodo, la cena se servirá pronto y la sala está abarrotada. Encuentro un asiento libre en una mesa con tipos ciertamente desagradables. Suspiro y me prometo llegar más pronto la próxima vez. Una vez acomodado y al poco de oír sus bruscas y entrecortadas conversaciones me doy cuenta que he ido a parar a una mesa de descuartizadores.

Los martinis me envalentonan y decido meter baza, nada más desafortunado. Comento que lo que hacen es estúpido, pues según la teoría de la holística que postula Aristóteles el todo es mayor que la suma de las partes… Percibo que no he estadio muy afortunado, sus ojos ensangrentados de ira taladran mi quieta persona y automáticamente me arrepiento de mi desmedida afición al vermut. Un largo e incomodo silencio, por llamarlo de alguna manera, y me despido atropelladamente… y aquí sigo dos días después, encerrado en este estúpido retrete.

Orfeo y Eurídice

Que es una ilusión? Algo que inevitablemente se desvanece? Un futuro soñado y luego perdido en un solo y fatídico instante? Me resisto ferozmente a creerlo.

La calle está silenciosa esta noche, no creo que se anime la cosa, se intuye de plomo. Salgo solo, algo que se está convirtiendo en cotidiano. No lo pienso demasiado. Me acerco a “Vinilo”, un bar de copas de buena música y gente conocida, todavía no soy un solitario de licores nocturnos.

La pelirroja está sentada en un taburete de barra con una amiga, una amplia sonrisa y una chupa vaquera. Me mira sin apenas disimulo, hay poca gente y me acerco a contarle lo que se me ocurre, sin demasiado sentido supongo. Algo se dispara en mi, intento que no lo note. Después de dos cervezas y una conversación ya más afortunada me invita a acompañarlas a cenar a un bar cercano. Nos divertimos e insinúa donde podré encontrarla. Demasiado rápido para mi tasa de éxito.

Se llama Eurídice y no mira con demasiada alegría al género masculino, me lo deja bien claro. Malas experiencias, como casi todos. De todas formas acepto el reto… su olor me embriaga, otros se enamoran por la vista, yo creo que soy más feromonal.

Han pasado seis meses y a trompicones la cosa va funcionando, hay demasiadas heridas abiertas pero las cicatrices están para besarlas.

– Orfeo!- Me llama Maya, su voz trémula me sobresalta.

– Dime…

– Tienes que venir urgente al hospital, Eurídice ha sufrido un accidente.

El mundo se colapsa.

Permanezco a su lado, le cuento historias, acaricio su cara dormida, sonrío a sus ojos cerrados.

El tiempo pasa implacable, segundos, minutos, horas, días, meses… Y un día brumoso, no se sabe por qué, abre los ojos y mira al infinito.

Me han comentado que sufrirá apagones, que unas temporadas estará como si nada de esto hubiera ocurrido y otras estará encerrada en otro mundo, su Hades recurrente. Lloro pero no me amilano. Es Eurídice, es mi amor.