Ulises

Ulises está lejos, demasiado lejos, pero es incapaz de percibirlo. Todas las mañanas besa a su mujer, desayuna frugalmente y se dirige a la oficina. Todas las tardes se queja de los problemas que acucian al mundo, del mal ambiente en el trabajo y apenas nada más, acaso comparte con Penélope cerveza fría y charla nimia. Todas las noches le da otro beso y se duerme mirando al otro lado. Y así día tras día. Su vida es un laberinto inabordable.

Una noche tuvo un sueño, soñó con mares, islas, cíclopes y sirenas, también con flores de loto. Al despertar se extraño mucho, no era normal en él soñar; sin embargo vio que su mujer era bonita y la beso con un poco, solo un poco, más de pasión. El desayuno le supo mejor y en el trabajo descubrió que algunos compañeros sonreían. Por la tarde aunque siguió quejándose de todo, no supo muy bien porque lo hacía. Por la noche empezó a enamorarse de su mujer, una extraña sensación estremeció todo su cuerpo al contemplarla, pero no la supo descifrar. Esa noche durmió inquieto y no se atrevió siquiera a mirarla, acurrucado en un extremo de la cama. El fin de semana, envalentonado, invitó a su desconocida mujer a un buen restaurante.

Ella deslumbraba, su melena roja ondulada, la sonrisa empezando a despertar, los ojos verdes aún jóvenes… la dulzura de su rostro. Se vistió para la ocasión con un vestido corto azul francia de gasa que volteaba a su paso. Ulises apenas pudo contener su asombro.

La cena, la luz, el vino. Estaban en un mundo despierto y tímidamente empezaron a mirarse, casi no hablaron, no hacía falta . Al salir, Ulises le cogió la mano, no recordaba que fuera tan suave, y caminaron lentamente.

– Penélope, mi amor, tu me quieres?- Le pregunta con voz callada.
– Eres mi vida.- Responde con ojos de agua.- He esperado tanto tiempo.
– Esperado? Lo siento yo…
– Shhh!.- Dice con el índice en los labios y la mirada entornada. No digas nada…

El amanecer los descubrirá abrazados, piel sobre piel. El vestido de gasa en el suelo.

Chico impermeable

Eres un chico impermeable. En los días lluviosos ni siquiera te mojas y me vienes repeinado como esos viejos actores de televisión que nunca se despeinaban. No se si un diluvio podría contigo.

Tanto barniz come te pones no es bueno, casi nada se filtra a tu corazón y yo me pregunto por que quiero a alguien tan resbaladizo, debo ser algo ingenua. A veces, pocas, me haces algo de caso, pero pienso que es estrategia. Ya sabes, una de cal y otra de arena. Estoy segura de que te equivocas, y no porque vaya a hartarme, parece que eso aún no he aprendido a hacerlo y no se si en realidad te importaría, si no porque te conviertes en un ser plano, de pocos trazos y cuando te quieras dar cuenta serás bidimensional. Es un poco triste.

Hoy he salido a pasear, se respiraba un aire puro después de tanta tormenta. Me he sentido bien, a trompicones, pero bebo vida, espero que algún día lo comprendas.

Naoko y Midori

El despertar es la hora más dura del día. No me gusta despertar, prefiero quedarme sumido en un plácido sueño. Son las 6 de la mañana y en esta época del año la oscuridad es total y la rutina agobiante. Dos tostadas, zumo, metro, oficina, comer cualquier cosa, más oficina, metro, cenar y acostarme. Desvivo en Nagoya, una ciudad triste todo el año, la nube de smog y el ruido son continuos y muchas veces siento que me pierdo en esa neblina sonora, que soy un autómata en medio de la bruma.

Sueño con Naoko, todas las noches paseamos juntos por jardines de cerezos, casi siempre en silencio y alguna vez hacemos el amor. Naoko dice que está doblada y que le ayudo a ponerse recta, por lo menos en hibernación hago algo útil. Tal vez sea un motivo más para que me cueste despertar… no se.

Este sábado he ido a la piscina del barrio. Me gusta nadar, en el agua se aligera el peso de vacío que me oprime. Me ha resultado extraño, pero todas las muchachas tenían la mirada melancólica de Naoko. Me he atrevido a hablar con una de ellas, se llama Midori y trabaja en el centro comercial de Kamimaezu. Es bonita y me cuenta, así, sin más, que le gusta oír a los Beatles mientras camina por la playa, es solo un detalle, la chica es muy expresiva y no me importa, ya callo yo bastante. Yo le dejo hablar, no quiero que sepa todavía lo poco que puedo decir ahora.

Todavía no me explico como hemos quedado la próxima semana para tomar un café. Supongo que habrá sido ella, y yo, sencillamente, habré asentido. Ha llegado el día y tengo el pulso un tanto acelerado. La espero dando vueltas a ideas desordenadas, verla entrar con sonrisa desenfadada en la cafetería me tranquiliza. Midori, cree que soy interesante porque callo y escucho, como si guardara secretos. Me ha propuesto que nos volvamos a ver. Tendré que improvisar algunas palabras, tiempo atrás fui un conversador aceptable y la mudez es una trampa que se descubre.

Esta noche Naoko me ha sonreído dulcemente y me ha dicho que se tiene que ir… quizá intuya que tengo una amiga despierto.

Naoko

Naoko

Las puertas se cierran, siento la presión del aire a mi alrededor, me ahogo y grito de desesperación.

Mis fragmentos desconexos de su mundo no me reconfortan cuando él, Kizuki, está despierto. Se que coge un desvencijado coche todas las mañanas y escucha jazz mientras transcurren los kilómetros hacia un complejo industrial de polución, cemento, cristal y humo. Lo último que recuerdo es oírle tatarear “La vie en rose” de Edith Piaf.

Su vida es oscura y yo solo soy su sueño, en realidad solo uno más. Bajo la sombra de un abedul me desnuda y hacemos el amor, quizá demasiado tiernamente, pues me ha creado un tanto lujuriosa, cosas del subconsciente supongo. Esta claro que es un chico tímido con problemas de soledad, eso me da mucha pena, pero por otra parte se que así tengo más posibilidades de tenerlo. Es egoísta, lo se. Pero que tengo yo, si no a él?

Kizuki

Mi vida social se resume en una palabra: nula. Estoy cansado, muy cansado de Nagoya. Solo hablo con el compañero de trabajo con el que comparto donuts y me cuenta las penas estúpidas de cualquiera. Que si su mujer quiere organizar una fiesta… que si el niño pequeño no le deja dormir… que sus amigos son unos aburridos bebedores de cerveza amantes del beisbol. Y a mi que? Yo solo tengo un sueño erótico recurrente que me insinúa que soy mal amante. Ya daría yo dinero por una cerveza con charla de beisbol.

Me he apuntado a la piscina del barrio, espero conocer gente. Dos años aquí son bastantes para empezar a despertar. No puedo vivir de vinilos antiguos de jazz, sueños y donuts.

Siempre pensé en trabajar en una ciudad grande, que así sería más fácil conocer gente. Cuanto me equivocaba, aquí solo viven millones de desconocidos que no se miran a la cara cuando se cruzan. Millones de hormigas en procesión. Millones de insectos en la gran colmena. Y yo soy el rey de esos estúpidos bichos.

Parténope

La soledad de agua se refleja en sus ojos.

Antes se acercaba a la costa al atardecer y observaba fascinada como los acantilados se iluminaban débilmente con luces dispersas de los pequeños pueblos de marinos. Ahora está cansada, a veces se acerca a una pequeña cala y habla con Tomasso. Él le cuenta historias, como la de un escritor danés que soñó una sirena que por amor pudo adentrarse en tierra firme.

Ella hace tiempo que dejo de amar, solo nada y escapa.

– Tienes que creerme, algún día podrás ver la ciudad. En Nápoles hay una bonita plaza con una estatua en tu honor… quiero que la veas, es preciosa… aunque la verdad, no se te parece mucho.

Ella asiente y le sonríe, da media vuelta, nada y escapa.

– Parténope!!!.- Grita Tomasso. Ya no está, solo queda su rastro de estela que desaparece al poco tiempo.

En las profundidades llora, no encuentra mucho consuelo, ha recorrido miles de mares y ha vuelto a casa vacía… De esperanza y de recuerdos. Han pasado tantos años que todo se diluye. Las lágrimas en el mar, y su vida en el océano.

Es la última sirena, lleva incontables años siéndolo y está muy cansada. Se deja arrastrar por la corriente, su bello cuerpo inerte despierta… y la misma agua cálida mediterránea. Piensa en su joven amigo, en la inocencia, en creer.

Tomasso apenas tiene diez años, cuerpecito desgarbado y cara pícara. Quiere ayudar a su amiga pero no sabe por donde empezar. Tal vez leyendo todo lo que existe sobre sirenas.Los susurros de mar le convertirán en marino, o eso sueña, ser marino buscador de sirenas.

– Guido, María, he vuelto a ver a la sirena. – Tomasso, no digas mentiras.- dice María alejándose.

Guido se encoje de hombros y le sonríe.

– Anda Tomasso, vamos a jugar.

Al anochecer, mientras él cena cualquier cosa de niño pobre, Parténope gira enfebrecida en su mar de sueños rotos.

Inmigrante

A Jacinto se le cae la tristeza por los ojos. Cuando ves sus cansados ojos no puedes dejar de pensar que es un buen hombre. Su presencia sin ruido transmite confianza y ternura. En Sierra Leona era profesor de inglés, en España empieza a clarear su piel de betún bajo el sol del top manta.

Un día entré en su vida, de casualidad, por una puerta chiquita que dejo abierta una noche de jazz y smirnoff. Fue en un club nocturno donde los jueves le dejan tocar el saxo. El “Summertime” de Charlie Parker hizo cuatro trocitos de mi corazón. Cuando acabó me acerqué a felicitarle por lo que a mi me pareció una sublime interpretación. Después, sonrisa abierta y pequeños golpes de vodka helado. Jacinto hablaba cadenciosamente, con ese punto de amargura que la soledad le ha regalado. Supe de su mujer y sus dos hijas, me enseño sus fotos viejas y riendo me dijo que ahora vivía con cinco hombres en un pisucho del extrarradio, que cuanto había perdido con el cambio. Que no sabía cuando podría traer a su familia pero que tiraba pa’ delante.

– Sabes, esto es jodidamente duro.- Las cinco de la mañana de vodka y nostalgia.

No le contesté. Qué le iba a contar yo? Pedí otra ronda y hablando de saxo, África y entrañas nos sorprendió el alba. Pronto tendría que buscar su sitio, pronto tendría que correr de nuevo a la voz de “policía”, pronto se le teñirá el alma de blanco.