Orfeo y Eurídice

Que es una ilusión? Algo que inevitablemente se desvanece? Un futuro soñado y luego perdido en un solo y fatídico instante? Me resisto ferozmente a creerlo.

La calle está silenciosa esta noche, no creo que se anime la cosa, se intuye de plomo. Salgo solo, algo que se está convirtiendo en cotidiano. No lo pienso demasiado. Me acerco a “Vinilo”, un bar de copas de buena música y gente conocida, todavía no soy un solitario de licores nocturnos.

La pelirroja está sentada en un taburete de barra con una amiga, una amplia sonrisa y una chupa vaquera. Me mira sin apenas disimulo, hay poca gente y me acerco a contarle lo que se me ocurre, sin demasiado sentido supongo. Algo se dispara en mi, intento que no lo note. Después de dos cervezas y una conversación ya más afortunada me invita a acompañarlas a cenar a un bar cercano. Nos divertimos e insinúa donde podré encontrarla. Demasiado rápido para mi tasa de éxito.

Se llama Eurídice y no mira con demasiada alegría al género masculino, me lo deja bien claro. Malas experiencias, como casi todos. De todas formas acepto el reto… su olor me embriaga, otros se enamoran por la vista, yo creo que soy más feromonal.

Han pasado seis meses y a trompicones la cosa va funcionando, hay demasiadas heridas abiertas pero las cicatrices están para besarlas.

– Orfeo!- Me llama Maya, su voz trémula me sobresalta.

– Dime…

– Tienes que venir urgente al hospital, Eurídice ha sufrido un accidente.

El mundo se colapsa.

Permanezco a su lado, le cuento historias, acaricio su cara dormida, sonrío a sus ojos cerrados.

El tiempo pasa implacable, segundos, minutos, horas, días, meses… Y un día brumoso, no se sabe por qué, abre los ojos y mira al infinito.

Me han comentado que sufrirá apagones, que unas temporadas estará como si nada de esto hubiera ocurrido y otras estará encerrada en otro mundo, su Hades recurrente. Lloro pero no me amilano. Es Eurídice, es mi amor.

Ulises

Ulises está lejos, demasiado lejos, pero es incapaz de percibirlo. Todas las mañanas besa a su mujer, desayuna frugalmente y se dirige a la oficina. Todas las tardes se queja de los problemas que acucian al mundo, del mal ambiente en el trabajo y apenas nada más, acaso comparte con Penélope cerveza fría y charla nimia. Todas las noches le da otro beso y se duerme mirando al otro lado. Y así día tras día. Su vida es un laberinto inabordable.

Una noche tuvo un sueño, soñó con mares, islas, cíclopes y sirenas, también con flores de loto. Al despertar se extraño mucho, no era normal en él soñar; sin embargo vio que su mujer era bonita y la beso con un poco, solo un poco, más de pasión. El desayuno le supo mejor y en el trabajo descubrió que algunos compañeros sonreían. Por la tarde aunque siguió quejándose de todo, no supo muy bien porque lo hacía. Por la noche empezó a enamorarse de su mujer, una extraña sensación estremeció todo su cuerpo al contemplarla, pero no la supo descifrar. Esa noche durmió inquieto y no se atrevió siquiera a mirarla, acurrucado en un extremo de la cama. El fin de semana, envalentonado, invitó a su desconocida mujer a un buen restaurante.

Ella deslumbraba, su melena roja ondulada, la sonrisa empezando a despertar, los ojos verdes aún jóvenes… la dulzura de su rostro. Se vistió para la ocasión con un vestido corto azul francia de gasa que volteaba a su paso. Ulises apenas pudo contener su asombro.

La cena, la luz, el vino. Estaban en un mundo despierto y tímidamente empezaron a mirarse, casi no hablaron, no hacía falta . Al salir, Ulises le cogió la mano, no recordaba que fuera tan suave, y caminaron lentamente.

– Penélope, mi amor, tu me quieres?- Le pregunta con voz callada.
– Eres mi vida.- Responde con ojos de agua.- He esperado tanto tiempo.
– Esperado? Lo siento yo…
– Shhh!.- Dice con el índice en los labios y la mirada entornada. No digas nada…

El amanecer los descubrirá abrazados, piel sobre piel. El vestido de gasa en el suelo.

Parténope

La soledad de agua se refleja en sus ojos.

Antes se acercaba a la costa al atardecer y observaba fascinada como los acantilados se iluminaban débilmente con luces dispersas de los pequeños pueblos de marinos. Ahora está cansada, a veces se acerca a una pequeña cala y habla con Tomasso. Él le cuenta historias, como la de un escritor danés que soñó una sirena que por amor pudo adentrarse en tierra firme.

Ella hace tiempo que dejo de amar, solo nada y escapa.

– Tienes que creerme, algún día podrás ver la ciudad. En Nápoles hay una bonita plaza con una estatua en tu honor… quiero que la veas, es preciosa… aunque la verdad, no se te parece mucho.

Ella asiente y le sonríe, da media vuelta, nada y escapa.

– Parténope!!!.- Grita Tomasso. Ya no está, solo queda su rastro de estela que desaparece al poco tiempo.

En las profundidades llora, no encuentra mucho consuelo, ha recorrido miles de mares y ha vuelto a casa vacía… De esperanza y de recuerdos. Han pasado tantos años que todo se diluye. Las lágrimas en el mar, y su vida en el océano.

Es la última sirena, lleva incontables años siéndolo y está muy cansada. Se deja arrastrar por la corriente, su bello cuerpo inerte despierta… y la misma agua cálida mediterránea. Piensa en su joven amigo, en la inocencia, en creer.

Tomasso apenas tiene diez años, cuerpecito desgarbado y cara pícara. Quiere ayudar a su amiga pero no sabe por donde empezar. Tal vez leyendo todo lo que existe sobre sirenas.Los susurros de mar le convertirán en marino, o eso sueña, ser marino buscador de sirenas.

– Guido, María, he vuelto a ver a la sirena. – Tomasso, no digas mentiras.- dice María alejándose.

Guido se encoje de hombros y le sonríe.

– Anda Tomasso, vamos a jugar.

Al anochecer, mientras él cena cualquier cosa de niño pobre, Parténope gira enfebrecida en su mar de sueños rotos.