Dormida

Guido tira de su hilo, Tomasso habla con su sirena y yo… Yo duermo mientras miro el agua transparente, casi invisible, de mi mar. Duermo en una cama que quiero que huela a él. Duermo muda y no despierto ni aunque me estrangulen los hilos de acero en los que se pierde Guido. Se que sigue una madeja hacia el vacío, pero callo y sueño en mi mar, ese mar que pierde relojes pero no los encuentra, aguas de tiempo detenido.


– María, has visto a Ariadna? Solo oírle pronunciar su nombre abre un agujero dentro de mi.

– No, no la he visto.- Sonrisa triste en los labios.

– De acuerdo, nos vemos a la tarde en lo de Peppo.


Encuentros rápidos, frases fugaces, miradas olvidadas… eso somos ahora. No siempre fue así, pero eramos jóvenes, niños salvajes corriendo risas por calles de piedra. Él era mi única realidad y nunca me importó que fuera así. Solo quería correr, correr lejos con él, reír y mirarlo; pero él despertó, y yo seguí dormida.

Parténope

La soledad de agua se refleja en sus ojos.

Antes se acercaba a la costa al atardecer y observaba fascinada como los acantilados se iluminaban débilmente con luces dispersas de los pequeños pueblos de marinos. Ahora está cansada, a veces se acerca a una pequeña cala y habla con Tomasso. Él le cuenta historias, como la de un escritor danés que soñó una sirena que por amor pudo adentrarse en tierra firme.

Ella hace tiempo que dejo de amar, solo nada y escapa.

– Tienes que creerme, algún día podrás ver la ciudad. En Nápoles hay una bonita plaza con una estatua en tu honor… quiero que la veas, es preciosa… aunque la verdad, no se te parece mucho.

Ella asiente y le sonríe, da media vuelta, nada y escapa.

– Parténope!!!.- Grita Tomasso. Ya no está, solo queda su rastro de estela que desaparece al poco tiempo.

En las profundidades llora, no encuentra mucho consuelo, ha recorrido miles de mares y ha vuelto a casa vacía… De esperanza y de recuerdos. Han pasado tantos años que todo se diluye. Las lágrimas en el mar, y su vida en el océano.

Es la última sirena, lleva incontables años siéndolo y está muy cansada. Se deja arrastrar por la corriente, su bello cuerpo inerte despierta… y la misma agua cálida mediterránea. Piensa en su joven amigo, en la inocencia, en creer.

Tomasso apenas tiene diez años, cuerpecito desgarbado y cara pícara. Quiere ayudar a su amiga pero no sabe por donde empezar. Tal vez leyendo todo lo que existe sobre sirenas.Los susurros de mar le convertirán en marino, o eso sueña, ser marino buscador de sirenas.

– Guido, María, he vuelto a ver a la sirena. – Tomasso, no digas mentiras.- dice María alejándose.

Guido se encoje de hombros y le sonríe.

– Anda Tomasso, vamos a jugar.

Al anochecer, mientras él cena cualquier cosa de niño pobre, Parténope gira enfebrecida en su mar de sueños rotos.